El pasado 28 de abril de 2018 se cumplieron 124 años del terremoto de los andes, acaecido en 1894. Fue un hecho que afectó notablemente el desarrollo de la para entonces parroquia Zea, bajo jurisdicción del distrito Tovar. Este violento movimiento sísmico ocasionó pérdidas, deterioró la estructura física del poblado y por ende la economía de sus habitantes, con menoscabos, o detrimentos materiales que se experimentaron, no sólo en la ciudad sino en el campo.

Dos temblores precedieron a la gran sacudida del 28 de abril; el 12 de enero, a las diez de la mañana y el 18 de febrero, a las dos de la madrugada, ambos fueron fuertes, pero inmediatamente antes de la catástrofe, no hubo ningún movimiento que alertase a la población.

El sábado 28 de abril de 1894, a las diez y cuarto de la noche, como lo señala don Tulio Febres Cordero, ocurrió el terremoto de los Andes, cuyo epicentro se ubicó en las selvas de Onia, entre los ríos Chama y Escalante. Algunos meses después, en un paraje muy distante del poblado, algunos excursionistas pudieron observar un circuito en aquella selva virgen, que parecía muerta o seca, y hacia el centro, completamente destrozada con árboles seculares arrancados de cuajo, mediando las circunstancias, de que las poblaciones más próximas a dicho lugar fueron sacudidas con mayor violencia.

Algunos escritos sobre este hecho relatan impresiones en cuanto a lo ocurrido. Se ha señalado que el ruido ensordecedor, tenebroso y amenazante hizo que la tierra se sacudiera con espasmos de muerte. Se dice que en cuestión de segundos nada quedó en pie, el resultado fue que: casas, templos, edificaciones destruidas dejaron bajo sus escombros a seres queridos en medio de la oscuridad de la noche, dejándose escuchar el llanto de los supervivientes, mezclados en plegarias que ascendían hasta el cielo pidiendo misericordia, piedad y asistencia en esa hora de dolor.

Relatos sobre este hecho transmitidos de generación en generación fueron escritos en su oportunidad por el paisano zedeño, don Félido Morales Ramírez (fallecido), quien al respecto comentó: “Muchas veces oímos relatos de personas que escaparon de la muerte en aquella noche siniestra e inolvidable. Escenas dantescas, hechos asombrosos, acciones heroicas. Gentes que arriesgaban sus vidas para poner a salvo la de sus seres queridos o de personas a quienes superficialmente conocían. Es que el dolor engendra benevolencia, caridad, concordia y solidaridad absoluta”.

Don Tulio Febres Cordero señala que el número de muertos en las poblaciones afectadas fue el siguiente: Santa cruz de Mora: 115, Zea: 69, Mesa Bolívar: 51, Tovar: 50, Lagunillas: 21, Chiguará: 9, Mérida: 4, para un total de 319 fallecidos. Como se observa, La parroquia Zea después de Santa Cruz de Mora, fue la segunda población dentro las más afectadas por el terremoto con 69 muertos distribuidos de la siguiente manera: 29 adultos, entre los cuales se encuentran 18 hombres y 11 mujeres. Además de 6 hombres que murieron en La Plata, casa del señor Jerónimo Maldonado, cuyos nombres se ignoran. Se señala también un total de 30 párvulos desaparecidos, entre los que se encuentran 14 niños y 16 niñas, incluyendo 4 niños gemelos de 3 meses, lo que viene a conformar el total de 69 personas muertas entre adultos y menores.

Además de las pérdidas humanas, los materiales fueron inmensas, sobre todo en las poblaciones más cercanas al epicentro, como lo fueron Tovar, Santa Cruz, Zea y Mesa Bolívar, las cuales quedaron en escombros. Las poblaciones del estado Mérida hasta los límites con el estado Táchira, sufrieron estragos de consideración.

Algunos otros sucesos dignos de mencionar, recopilados por personas, quienes los conocieron por sus antecesores, como doña Florencia Valbuena de Méndez (fallecida), relataba que aquel día hubo un sol resplandeciente con un calor excesivo, y que a las diez u once de la mañana, aproximadamente, se dejó sentir un fuerte viento acompañado de gruesas goteras que caían dejando su huella sobre la tierra. A la hora de la catástrofe, la escena no podía ser peor, las paredes de las viviendas de bahareque y tierra pisada, se desplomaron con estrépito aprisionando a sus víctimas; se dice así mismo que pasado el terremoto el cielo se tornó más oscuro, sumiendo a los sobrevivientes en la angustia y la desesperación. La desolación, la visión confusa de aquellos escombros y los lamentos de quienes tuvieron la suerte de salvar sus vidas, unidos a las plegarias que elevan personas creyentes, tornaron por hacer de aquel momento un cuadro dantesco.

Para algunos historiadores el gran terremoto de los andes fue el último sismo destructor del siglo XIX venezolano.

Pronto se inició la reconstrucción del poblado, sus habitantes se dieron a la tarea de reedificar sus viviendas, unidos todos en un esfuerzo común, logrando en pocos años la recuperación del lugar, lo que borró en parte el terrible recuerdo de aquella noche del sábado 28 de abril de 1894, fecha que marcó una página más en la historia de Zea, de lo cual quedó testimonio en fotografías tomadas por Romero González, que forman parte de la colección del archivo audiovisual de la biblioteca nacional, copia de las cuales obsequió a este servidor en 1982 la señorita Josefa Barrios Mora,(+) las cuales se anexan en archivo adjunto. (9)

(9) Alfonso Castro Escalante. Ob.cit. PP. 72 – 78.

Tomado del Libro: Cotidianidad de Zea Anécdotas y Relatos, en proceso de publicación.

Alfonso Castro Escalante.

Ex -Cronista de Zea.

Miembro Honorario de la Asociación de Cronistas del Estado Mérida.