Elias Pino

A no pocos políticos les ha dado por establecer diferencias entre el chavismo y el madurismo. No han faltado últimamente los análisis que se empeñan en hablar de dos fenómenos distintos, especialmente por parte de quienes se manifestaron como partidarios entusiastas del “comandante eterno” y ahora se afanan en mostrar sus distancias frente al régimen de la actualidad. Algunos se lanzan de frente en la proclamación de la supuesta diversidad y otros lo hacen con cierto comedimiento, como apenados por la posición que ahora asumen, pero en ambos casos pretenden hacernos ver la existencia de dos hechos de diferente naturaleza, ante los cuales se pueden presentar posiciones que no tienen que ser necesariamente idénticas. Los cinco años de la muerte del fundador de la “revolución” han dado pie a tal especie de deslindes, pese a que el mandón de la actualidad ha insistido en proclamarse como sucesor y albacea testamentario de un teniente coronel en cuya gestión se encuentra el origen de un solo desastre sin desmarques ni variantes.

El empeño en establecer tales distancias no encuentra apoyo en la realidad. El segundo capítulo es hijo del primero, no solo porque se estableció ante la sociedad en el testamento leído por el jefe anterior, sino también porque sus figuras son las mismas de antes, con algún retoque sin importancia, y porque lo que ahora se hace desde la alturas del poder es la continuación de lo llevado a cabo, para perjuicio de la sociedad, desde el desplazamiento de la democracia representativa. Las mismas personas, o casi las mismas. Los mismos discursos vacíos y sin relación con los problemas populares. El mismo tono cansón y monocorde, sin sorpresas ni alegrías. La misma política, sin variaciones pese al crecimiento de los problemas. La misma corrupción, aunque algunos aseguran que la de la hoy es peor que la del ayer cercano. Y los mismos, los mismos militares, pese a que también algunos consideren que son mayores en cantidad y en influencia los del alto mando del sucesor. El crecimiento de la crisis económica ha servido de palanca a los buscadores de diferencias, a los empeñados en ver dos fenómenos diversos, pero olvidan que el abandono material y el desprecio de las necesidades del venezolano encuentran abono y raíz en las improvisaciones y en la irresponsabilidad del aventurero que inventó el “bolivarianismo”.

Una patología muestra sus llagas y sus excrecencias mientras crece, mientras se resiste a la posibilidad de una cura o simplemente porque no tiene remedio, porque la lleva en la sangre y la trasmite a la parentela. El crecimiento de la patología hace que el último de quienes la padecen se vea distinto, más putrefacto y más cercano al cementerio, aunque los pasos de la defunción sean morosos, pero el apestado es el mismo. No se trata de dos organismos distintos. Si lo entendemos así, dejando de lado los rebuscamientos, se harán más obligantes su combate y su erradicación.