El grado de perturbación que vive el país no solo radica en el área económica. A pesar que es la mayor causa de sufrimiento en la gente,  es  apenas la punta del iceberg. Mayores intereses se deslizan en variados escenarios con el impacto desfavorable en lo social, emocional y moral que desmoronan cada día el espíritu de los venezolanos. No cabe la mayor duda, que detrás del impacto de esta coyuntura está de por medio el poder; ese que Ugo Foscolo destacó, que todos quieren ser amos y ninguno dueño de sí mismo. El poder que es punta de lanza  causante de  guerras, muerte y desolación en todas partes del mundo.

Quienes pregonan las libertades y la defensa de los derechos humanos actúan irónicamente en el bando contrario. Otros que defienden los intereses ciudadanos, asesinan y vulneran la conciencia de la misma gente que defienden. Elegantemente se podría llamar: el arte de la guerra; más bien el arte de la hipocresía.

De aquí se generan múltiples escenarios mediáticos, que intentan desvirtuar la supremacía de las necesidades, dejando al descubierto  una lucha férrea de modelos políticos, que buscan imponer doctrinas de poder, disfrazadas bajo la premisa de  orientaciones políticas para someter posiciones ideológicas.

El capítulo de la liberación del hombre, corre el riesgo de engendrar mutación clásica humanoide, con su conejillo de indias llamado soberano, el cual se muestra como estela de un experimento social, que camina al ritmo de las confusiones materialistas impuestas en el entorno.

Un beneficio económico como el pago de la pensión a las personas mayores, que en cualquier país civilizado representa una demostración humanista y justa por parte de cualquier sistema en política social, se convierte al mismo tiempo en el icono de una tragedia social  y humanitaria de lastimosa escena a la vista de todos. Tal intencionalidad deja entrever muchas dudas y desoladas conclusiones, cuando percibimos que los operadores de estos beneficios son personas que ostentan un poder casi conspirador.

He aquí un ejemplo como confluyen en un mismo momento, el choque de múltiples intereses, que coartan la alegría natural de las personas a quienes se dirige tal beneplácito. ¿Cómo se explica tal momento?, es decir, un gobierno que pone la voluntad de satisfacer un programa social a su gente, al tiempo que producto de otros interese político-ideológicos, se convierte en clásico escenario de sufrimiento y humillación, que raya en lo absurdo. Seguramente los señalamientos de culpabilidad será tarea cotidiana y fácil de discernir sin embargo, el problema es más complejo de lo que parece. Aquí hay muchos intereses que desembocan en un mismo lecho.

Las precariedades a las que son sometidas las personas, de la llamada tercera edad, son realmente denigrantes; estos seres humanos que lo dieron todo en su vida, ahora pagan una suerte de calvario terrenal para cobrar lo que por derecho les corresponde, al tener que dormir en la calle, hacer sus necesidades al amparo de la oscuridad urbana, sin comer ni beber adecuadamente; no es otra cosa que una versión actualizada del  mundo al revés, con las patas hacia atrás.

El pago de la  pensión, que por cierto ahora beneficia a más personas, pero cuyo valor agregado del beneficio ha empeorado dramáticamente,  es achacada ahora su eficiencia a la llamada guerra económica, por cierto, valdría la pena evaluar si se está ganando o perdiendo, o mejor aún, averiguar de qué lado están los bandos que la disputan; pareciera que andan juntos disparando en cualquier dirección, distrayendo al pueblo de sus verdaderas necesidades. La realidad es  que el monto de esta pensión, bien intencionada pero insuficiente, no logra satisfacer sino al aparato mediático que ilumina y oscurece al mismo tiempo.

Quienes están en medio de esta farsa, conscientes o cómplices, disfrazados o intencionados en su afán del bien propio, no tienen la mínima idea del concepto del humanismo social, o a lo mejor se extraviaron en sus múltiples concepciones del término. No podría decirse que están del otro lado; son sencillamente invisibles y ciegos en medio de una sociedad cada vez  más egoísta, insensible y enemiga de los valores básicos de la condición humana, cuyo destino próximo va  rumbo hacia el caos moral y ético, con el único salvavidas que tendremos a la vista: aquel que nos una y devuelva las virtudes de  la solidaridad, la bondad y la alegría para todos los venezolanos. Sabiamente afirmó el papa Francisco recientemente: “las ideologías dividen; solo la doctrina del amor une“. Mi solidaridad para las personas mayores. Con respeto. J.C.