Dale a la gente lo que quiere

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Por Luis Ramirez

Traigo como imagen de presentación de este primer artículo un hermoso recuerdo: la carátula del disco de la banda inglesa The Kinks, catalogado como uno de los grupos de rock más importantes e influyentes de todos los tiempos, Give the people what they want (dale a la gente lo que quiere), del año 1981. Pero más allá de lo que representa la producción musical deseo centrarme en el título del mismo que me lleva a pensar en la situación que vive Venezuela actualmente y sobre la que de alguna forma se ha querido tomar como repositorio y responsable exclusivo a la revolución iniciada por el presidente Hugo Rafael Chávez Frías, con la consecuente continuidad en el poder, después de su muerte, por parte de Nicolás Maduro Moros.

Hay elementos que son causas de las cosas, pero que irremediablemente quedan casi siempre sepultados por lo “natural” o lo “obvio”. Son justamente estos dos términos los que generalmente no nos permiten pensar. Enemigos del verdadero razonamiento nos llevan a un estado constante de negación en cuanto a la responsabilidad que todos, absolutamente todos, tenemos sobre lo ocurrido en cualquier espacio geopolítico del mundo, en este caso, Venezuela. Si nos seguimos negando como masa social a ser más reflexivos, a abrazar el tronco del compromiso y cargarlo sobre nuestros hombros, pues entonces no nos queda más remedio que seguir desempeñando el rol de paganos y herejes partidistas, que de forma predominantemente consciente pero  irresponsable,  nos hacemos de la vista gorda ante los acontecimientos.

El venezolano siempre se ha caracterizado por ser creativo, diligente, empeñado en lograr cosas; pero junto a estas reales facultades, evidencia igualmente, sobre todo desde que se inició la revolución, factores lamentables de debilidad inducidos por mentes hábiles encargadas de hacerles creer que lo mejor es llevarle la contraria a un sistema de propuesta socialista, cuyo único y verdadero pecado, a mi parecer, ha sido la excesiva ingenuidad en cuanto a la prefiguración de la respuesta dada por el pueblo ante los beneficios de las múltiples propuestas sociales desarrolladas en estos 18 años.

Al pueblo venezolano literalmente se la ha dado lo que ha querido para mejorar su nivel de vida: Mercalito, Mercal, PDVAL, Misiones diversas destinadas al cuidado de la salud y al subsidio de productos de primera necesidad, tarjetas con beneficios específicos para los más desfavorecidos; se les ha dotado a los niños y niñas de sus CANAIMITA, a los estudiantes de secundaria y la universidad de sus Tablet; para todos o para la mayoría el servicio del PAE a nivel nacional. Se han aumentado considerablemente el número de pensionados con un ingreso mensual equivalente al salario mínimo. Nuevos convenios entre las universidades para ampliar las posibilidades de estudio.

Ante este amplio espectro de programas sociales la respuesta favorable ha sido minoritaria desde el manejo de las organizaciones comunales y en la forma como el pueblo lo ha percibido. Las razones podrían ser múltiples, pero independientemente del tipo que sean surgen inevitables preguntas ante lo que se vive en Venezuela: ¿Qué más puede pedir el venezolano ante una propuesta socialista donde el principal beneficiado es el pueblo? ¿Qué hace que el pueblo venezolano responda en un altísimo porcentaje de la forma como lo está haciendo, generando un verdadero despilfarro y pérdida de dinero y recursos a la nación, con la consecuente desmejora de los niveles de vida de muchos ciudadanos?

Hechos como la disminución de la producción de artículos por parte de las empresas, la ausencia de productos de primera necesidad en los anaqueles de los comercios, pero sobreabundando en los kioscos de los revendedores y los bachaqueros, la extracción de billetes para ser vendidos en Colombia y en otras partes del mundo, el contrabando de extracción de la gasolina, los hechos ilícitos por parte de los consejos comunales, la misión Vivienda y los Clap, el exceso de cobros de comisiones por parte de empleados públicos en las distintas instituciones, la desviación de productos como la comida destinada a las comunidades y que termina siendo vendida de contrabando por parte de los responsables de los programas a los bachaqueros, en algunos casos, o a particulares, pero a precios exorbitantes.

En relación a este punto, existen otra serie de modalidades delictivas muy preocupantes como lo ocurrido a nivel de las instituciones educativas donde algunos docentes se roban la comida de los comedores en las madrugadas, les cobran comisiones a los estudiantes para que no aplacen los exámenes; las madres colaboradoras que en complicidad con los obreros, los vigilantes o los mismos docentes o hasta directores se llevan la comida del comedor para sus casas: Los estudiantes que bachaquean en las instituciones, los docentes que practican la reventa de los productos de primera necesidad, y una de las cosas más insólitas: la comida en condición de reventa a través de comercios como zapaterías, ventas de ropa, boutiques, ferreterías, librerías.

Sobre este punto, increíblemente los artículos de primera necesidad se han convertido en la arteria de la vulnerabilidad del venezolano. Lejos de haberse generado una acción conjunta de apoyo mutuo para enfrentar la contingencia, un altísimo porcentaje de ciudadanos abandonó sus trabajos para dedicarse a actividades de venta ilícita en. Es como si desde que el presidente Chávez inició la apertura de los programas sociales para ayudar a las personas, al venezolano se le hubiese despertado una macabra y oculta naturaleza delictiva que prolifera ahora en todas partes, a todos los niveles sociales y en una amplia gama de acciones dignas de la más espectacular de las películas de mafiosos.

Un artículo de esta naturaleza no pretende ser un punto de denuncia ni mucho menos emitir juicios condenatorios en contra de alguien en particular; es más, lo que expreso es información de dominio público y tema de tratamiento por parte de periodistas y analistas en todo el mundo, lejos de ello el artículo invita a reflexionar sobre aquello contra lo que chocamos como parte de nuestra diaria realidad y que nos afecta a todos de forma directa o indirecta. Dale a la gente lo que quiere, ¿pero no debería en todo caso ser “averigua que necesita la gente realmente y en qué medida puedes dárselo? Todo lo planteado acá es la parte predominante de nuestra realidad. A diario los medios de comunicación e información se ven invadidos por noticias de descubrimientos de trampas, de chanchullos, de hechos deshonestos. Lo que increíblemente llama la atención es el nivel cultural de muchos de esos delincuentes. Gente profesional con títulos y posiciones muy notables y que de la forma más natural delinquen a la vista de todo el mundo.

Desde otra perspectiva es preocupante la apatía así como la impunidad legal y moral con que se ha manejado esta situación desde una gran parte de la institucionalidad, a quien corresponde esgrimir los elementos de control y sanciones necesarios para frenar una nueva cultura de vida que peligrosamente se impone, dejando en un plano muy secundario las concepciones de la ética y la moralidad  como referentes para la convicción de la buena acción, del pensamiento honesto transformado en hábito. Venezuela demanda urgentemente un estado de reflexión colectiva de parte del pueblo, así como de las autoridades y las instituciones que rigen sus destinos. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: quienes ocupan cargos públicos en la dinámica política e institucional de la nación, lo hacen mayormente porque fueron elegidos a través de elecciones directas, y el pueblo que eligió debería estar dispuesto al apego a la ley.

Por consiguiente ¿puede el pueblo permitirse seguir viviendo en la excusa de culpar al gobierno por todo lo que ocurre en medio de la gran responsabilidad que tiene con respecto a la nueva cultura de la vida delictiva? La conciencia de los individuos no está orientada por la posesión de un carnet político, ni la inscripción en un partido oficialista o de oposición. Es de suponer que quienes rigen los destinos de la nación y quienes los eligen han recibido la suficiente formación y desarrollado la suficiente conciencia para comprender que el individuo debe apegarse al sentido común de cada grupo social al que pertenece. La mala acción, la traición a la patria, los ataques al espacio geopolítico en el que se vive es un asunto de motivación, no de necesidad. ¿Por qué hemos alargado tanto esta peligrosa monotonía y nos hemos apegado tanto igualmente a la cómoda idea de acostumbrarnos a una vida tan llena de restricciones e incertidumbres? ¿No es acaso momento de unir esfuerzos y criterios más allá de los intereses particulares para garantizar a nuestros hijos al menos parte de las posibilidades y los recursos con los que nosotros contamos para nuestro propio crecimiento?

Visto desde otra óptica, cuando se habla de la educación intelectual de los individuos, debe comprenderse que esta “sólo llega al exterior del ser, a la capa de la conciencia en contacto con las cosas y orientada hacia ellas” (Hubert: 1965: p. 354)  esto quiere decir, entre otras cosas, que una formación de tipo académico intelectual no puede ser garante exclusivo de la honestidad como convicción, como hábito de vida; no como ley, porque la ley, está visto, se viola y se irrespeta en todo momento. Para que en un hombre surja la moralidad arraigada, fuerte y convincente, éste debe ser recurrente en las acciones constructivas y en el desarrollo de la conciencia social y moral, es decir, pensar en los demás, sobre la necesidad de escoger en todo momento el bien. Hubert (1963) dice:

La educación profesional […] poco actúa sobre la intimidad de la conciencia. Por el contrario, la educación moral es la educación de la voluntad, es decir, de lo que hay de más interno, de más profundamente subjetivo en el ser. Toda moralización es ante todo una socialización. […] La moralización no alcanza su término sino con la racionalización práctica. No hay moralidad sino en la medida en que el ser toma posesión de sí mismo, de su unidad en el presente, de su coherencia como potencia de acción, de su estabilidad en la duración. (p. 354)

Entre otras cosas, el autor nos invita a pensar en lo siguiente: los profesionales de la sociedad venezolana, incluidos los políticos estudiados que se apretujan en medio de la abundancia de los improvisados, no tienen desde su condición de profesionales la garantía de la honestidad, porque como muy bien lo refiere el autor, la intelectualidad es solo una parte, la profesionalización es la intencionalidad de remediar la necesidad de hacerse de un oficio especializado para la búsqueda de una estabilidad laboral y una satisfacción personal. En cambio la educación moral es otra cosa, es la que invita al ser a escudriñarse a sí mismo, a esculcar en los laberintos de su conciencia y trazar desde ella por voluntad propia, no por imposiciones ajenas, todo cuanto pensamiento, expresividad y acción constructiva pueda haber en sí mismo. La moralidad se practica en un estado total de libertad, de conciencia. Donde hay ignorancia e imposiciones pierde toda razón de ser.

Asimismo, la moralidad es uno de los hilos que más fortalece la sociabilidad, porque si se piensa moralmente no se lo hace solamente para uno sino para los demás. Pero este pensamiento debe traducirse en acciones concretas, en resultados práctico funcionales visibles y permanentes, ejecutados por voluntad propia. Debe haber una continuidad de las consecuencias de la acción moral y de la acción en sí misma, de lo contrario deja de ser esencial para convertirse en algo accidental. Algo más, en la moralidad no hay discriminación, puede ser moral tanto el analfabeta como el erudito o el intelectual, de la misma forma, puede obrar mal tanto el ignorante como el sabio. Ni en la ignorancia ni en la sabiduría puede justificarse el mal proceder, sería hacerle perder el sentido lógico a la ética, sumirla en ambigüedades, algo por sí mismo imposible.

Si nosotros como venezolanos nos dejamos llevar por la corriente malsana de quienes desean hacernos ver que lo mejor es delinquir a diestra y siniestra, romper los esquemas de lo socialmente establecido, desapegarnos de la norma, entonces, aceptando estas imposiciones y demostrando tanta debilidad de voluntad propia así como tan bajos niveles de pensamiento crítico reflexivo sobre un juego sucio y macabro que nos consume y nos invita a fortalecerlo en la acción: ¿dónde queda nuestra moral? Es impensable el hecho de creer que la nación soportará por siempre los embates de los que ha sido objeto, hasta de nuestra parte, durante ya casi dos décadas de forma ininterrumpida.

En un tipo de situación como esta es demasiado peligroso creer que el acercarse a echarle fuego a la candela es un juego de posibilidades ilimitadas. Los vientos cambian de rumbo y el pueblo venezolano, la masa del grueso social, así como los verdaderos políticos, debería ir pensando en qué rol desempeñar ante un posible nuevo escenario; en cómo transformar esa potencial nueva posibilidad para dedicarse a sembrar y fortalecer una conciencia colectiva de patria más comprometida con la nación que nos cobija y menos amparada en el mediocre papel de la falsa credibilidad en los políticos de turno como gobernantes y quienes les adversan. Insisto sinceramente sobre el hecho de que en este temerario juego  hemos caído en una peligrosa monotonía que tarde o temprano podría aletargarnos y ralentizar nuestra capacidad de reacción ante las consecuencias de lo que hemos venido gestando. Somos un pueblo a quien se le ha dado mucho de lo que queremos y no lo hemos sabido aprovechar.

Quizá me atrevería, para finalizar, a sugerir algo: preocupémonos un poco más por analizar las consecuencias para nosotros y nuestros hijos, por lo que está ocurriendo. Porque quizá seriamos más precisos a la hora de juzgar las virtudes y las debilidades de los actores políticos actuales si pensáramos de forma más autónoma, más desde nosotros mismos. No regalemos nuestra identidad e independencia a los políticos, sin importar a que tolda pertenezcan. El pueblo debe rebelarse contra toda forma de pensamiento impuesta, sea de la ideología que sea, debe liberarse y volver a ser por derecho espectador y por deber actor, pero actor libre, consciente, con capacidad de respuesta crítica constructiva ante los embates de los medios y los voceros de “la posible mejor vida si los escogemos como responsables de nuestro destino”.

Si seguimos sumidos en este aburrido juego carente de toda norma y consciencia terminaremos por deformar toda proyección como sociedad y empezarán a tener razón quienes como consabidos enemigos nuestros siguen vendiéndonos en todas partes del mundo como unos incompetentes susceptibles de ser adoptados por “los poderes inteligentes y organizados del mundo”. Me pregunto qué tanto interés tendríamos como nación si no fuésemos la primera reserva petrolera del Planeta y uno de los países con más recursos  minerales, naturales y acuíferos de la Tierra; porque no todo el que se acerca a la mesa a ayudarle a sostener la cucharilla al hambriento lo hace para calmarle el hambre; sobra quien se acerque no solo a terminarlo de matar, sino a expandir su propia gula. De nosotros depende.

Luís Ramírez

Referencia Bibliográfica Hubert, R. (1963) Tratado de Pedagogía General. 5ª edición. Librería “EL ATENEO” EDITORIAL. Caracas, Venezuela.

 

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